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—Bueno —dijo, mirando a la mujer—. Supongo que debería llamar a la recepción para que me abran la puerta. Parece que mi esposa ya se ha quedado dormida —añadió, mirando su reloj de pulsera, fingiendo que estaba comprobando la hora.
—De todos modos, ya casi es medianoche —continuó—. No quiero seguir llamando, no quiero molestar a los otros huéspedes. La mayoría de ellos ya deben estar acostados y descansando. —Comentó, lo que hizo que la mujer empezara a convencerse de que él tenía razón. Su raz