.4.

La música suave llenaba el salón decorado con elegancia. Las luces cálidas iluminaban las caras de los pocos invitados que habían sido testigos del compromiso entre Oliver y Maya. Aunque el ambiente parecía festivo, la tensión entre los novios era palpable, como una corriente eléctrica que nadie podía ignorar.

Maya estaba de pie junto a la mesa principal, sujetando una copa de champán que apenas había tocado. Miraba con cautela a Oliver, quien conversaba con su abuelo y algunos socios de la familia Harrison. Parecía relajado, incluso encantador, como si fuera el perfecto futuro esposo que todos esperaban. Pero Maya sabía mejor.

De repente, Oliver se excusó de su grupo y caminó hacia ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Su figura alta y su porte imponente hicieron que algunos de los invitados los observaran con curiosidad. Maya enderezó la espalda, preparándose para lo que vendría.

—¿Estás disfrutando de la fiesta? —preguntó Oliver con una voz que sonaba más como un desafío que como una cortesía.

Maya se limitó a asentir, tratando de evitar un enfrentamiento público.

Oliver inclinó la cabeza, estudiándola por un momento antes de hablar de nuevo:

—Es hora del baile, Maya.

Ella lo miró con sorpresa, sin entender a qué se refería.

—¿Baile? —repitió, como si la palabra fuera ajena.

Oliver sonrió, esta vez con un toque de burla.

—Es tradición que los novios tengan su primer baile juntos durante la fiesta de compromiso. ¿O pensabas que podías quedarte de pie toda la noche fingiendo que no existes?

Maya sintió un nudo en el estómago. No estaba preparada para algo tan público, mucho menos para compartir un momento íntimo con Oliver frente a los demás.

—Yo... no creo que sea buena idea —dijo en voz baja, tratando de evitar la confrontación.

Oliver alzó una ceja, claramente disfrutando de su incomodidad.

—No te estoy pidiendo tu opinión, Maya. Es una orden. —Extendió una mano hacia ella, y aunque su gesto parecía cortés, había una clara exigencia en su mirada.

Maya sabía que no tenía elección. Con el corazón acelerado, dejó la copa en la mesa y puso su mano temblorosa sobre la de Oliver. Él la condujo al centro del salón, donde la música cambió a una melodía lenta y romántica.

Los invitados comenzaron a aplaudir suavemente mientras formaban un círculo alrededor de ellos. Maya sentía las miradas clavadas en su espalda, como un peso insoportable.

Oliver la tomó de la cintura con firmeza, acercándola lo suficiente para que nadie sospechara la frialdad que existía entre ellos. Maya intentó mantener la distancia, pero él la atrajo más, inclinándose ligeramente hacia ella.

—Sonríe, Maya. Todos nos están mirando. —Su voz era baja, apenas un susurro que solo ella podía escuchar.

Maya forzó una sonrisa, aunque su mandíbula estaba tensa.

—No entiendo por qué haces esto —murmuró entre dientes, tratando de que su rostro no delatara su incomodidad.

Oliver esbozó una sonrisa que parecía genuina para los demás, pero Maya notó el desdén detrás de ella.

—Porque esto es un espectáculo, querida. Y tú eres parte del acto.

La música continuó, y los pasos de Oliver eran fluidos y seguros, guiándola como si fuera una muñeca. Maya apenas podía seguir el ritmo, atrapada entre su incomodidad y la obligación de mantener las apariencias.

—¿Sabes? Deberías agradecerme —dijo Oliver mientras giraban lentamente.

Maya frunció el ceño, desconcertada.

—¿Agradecerte? ¿Por qué?

—Porque soy un excelente bailarín, y te estoy haciendo ver como una esposa perfecta. Al menos por esta noche.

La mandíbula de Maya se tensó aún más, pero no respondió. Sabía que cualquier palabra que dijera sería usada en su contra.

El baile terminó, y los aplausos llenaron el salón. Oliver la soltó lentamente, pero antes de dejarla ir por completo, se inclinó y susurró en su oído:

—Recuerda, Maya. Esto es solo el comienzo.

Ella lo miró, sin saber si sus palabras eran una advertencia o una amenaza.

—Espero que tengas todo listo después de la fiesta —murmuró, sus palabras mezclándose con el ritmo de la música.

Maya parpadeó, desconcertada.

—¿Listo para qué?

Él rodó los ojos con exasperación, aunque mantenía una sonrisa fingida para los presentes.

—Para el viaje. Nos vamos a Dubái esta misma noche.

Maya lo miró fijamente, el peso de sus palabras cayendo como una losa sobre ella.

—¿Dubái? ¿Esta noche?

—Sí —respondió Oliver con una voz fría y plana—. Es nuestra luna de miel, ¿recuerdas? Y antes de que digas algo sobre tu trabajo, te ahorraré el esfuerzo. Ya informé al hospital. Como parte de la familia Harrison, no habrá ningún problema con tu ausencia.

Ella quiso protestar, recordarle que tenía responsabilidades, que no era una decisión que él pudiera tomar por ella. Pero el destello de autoridad y desdén en sus ojos le dejó claro que no tenía elección.

—¿No podrías haberme avisado con más tiempo? —preguntó en un susurro, intentando mantener la compostura mientras sentía la presión de las miradas alrededor.

—¿Y qué habría cambiado eso? —replicó con una leve inclinación de cabeza, como si estuviera hablando de algo trivial. —Sólo asegúrate de estar lista. No quiero retrasos.

Maya apretó los labios, conteniendo las palabras que amenazaban con salir. En su lugar, asintió ligeramente y desvió la mirada, tratando de ocultar su frustración.

Oliver la hizo girar en un movimiento elegante, su sonrisa falsa brillando para la multitud. Pero cuando volvió a tomarla por la cintura, sus palabras finales la hicieron estremecer.

—Recuerda, Maya, esto no es un juego. Así que haz lo que se espera de ti.

Ella tragó saliva, sintiendo cómo el peso del compromiso se volvía más aplastante con cada segundo que pasaba.

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