El vuelo de vuelta fue un domingo por la tarde.
Llegamos a la casa entrada la noche. La misma casa. El mismo jardín donde dos semanas atrás habíamos dicho los votos con treinta personas mirando.
Todo igual. Todo completamente diferente.
Subí la maleta. Me cambié. Bajé a la cocina a buscar agua.
León estaba apoyado en el mesón mirando nada en particular con esa expresión de alguien procesando el peso de volver a la vida ordinaria después de algo extraordinario.
—¿Bien? —pregunté.
—Bien —dijo—. S