El vuelo aterrizaba a las 14:30.
León lo había revisado cuatro veces esa mañana. No lo dijo, pero yo veía la pantalla del teléfono cada vez que la desbloqueaba con ese gesto casual que no era casual en absoluto.
Héctor preparó el almuerzo más temprano que de costumbre, también sin que nadie se lo pidiera, porque doce años con León significaban que sabía cuándo había algo importante, aunque nadie lo nombrara.
—¿Comemos antes de ir? —pregunté.
—No tengo hambre —dijo León.
—León.
—¿Qué?
—Son las o