—¿Señorita Villalba? —la voz era suave, educada, peligrosamente tranquila—. Qué bueno que contestó. Tenemos mucho de qué hablar.
Salí de la habitación de Sara cerrando la puerta silenciosamente. Caminé por el pasillo hasta encontrar una sala de espera vacía.
—Señor Mendoza. Es tarde para llamadas sociales.
—¿Social? No. Esta llamada es completamente profesional. Acabo de leer el artículo de su amigo el periodista. Muy... exhaustivo.
—Bruno es buen periodista. Hace su trabajo.
—Su trabajo parece