Su torturador dio un par de pasos, posicionándose justo entre sus piernas. Tiró del látigo y este restalló sobre la piel de su pubis.
—¡Ah! - ¡Oh,no! Pensó Sofía, temiendo que él volviera a amordazarla e intentando soltarse las esposas, tirando de ellas.
—¡Silencio, esclava!- masculló él.- ¡obedece! ¡Abre!
Sofía abrió la boca y mordió, clavando sus dientes en la carne y masticando rápidamente.
—Buena chica.- susurró él complacido, en lo que ella comía un pedazo de buey asado, enrojeciendo d