Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa lluvia caía sin compasión sobre las calles de Londres, Emily sujetó col fuerza el paraguas mientras corría por la acera, esquivando a la gente que caminaba con prisa. Una ráfaga de viento estuvo apunto de arrebatárselo obligándola a sujetarlo con ambas manos.
—No, por favor... hoy no. — murmuró entre risas. Miró la hora en su móvil y corrió un poco más. —¡Voy a llegar tarde! Aceleró el peso hasta llegar a la pequeña cafetería, donde trabajaba desde hacía tres años. Nada más entrar, el aroma del café recién hecho y de los cruasanes horneados la envolvió como un abrazo. —Buenos días, Emily. — saludó su compañera. —Buenos... días. — respondió intentando recuperar el aliento. Su jefe apareció detrás de ella, Emily se giró y se puso rígida al verlo. —Cinco minutos tarde. — Emily bajó la cabeza. —Lo siento, señor Collins. El autobús de retrasó por la lluvia. — el hombre suspiró. —Ve a ponerte el delantal. —ella sonrió agradecida. —Gracias. Durante toda la mañana atendió mesas con esas misma sonrisa de siempre, aunque su vida no era fácil, jamás dejaba que los clientes notarán sus preocupaciones. Su madre estaba enferma, el único sueldo que entraba a esa casa era el de ella. Trabajaba duro para la casa y las mediciones de su madre, pero nunca se quejaba, porque rendirse nunca había sido una opción. Su padre murió cuando ella tenía 10 años y su abuela cuando tenía 15 años, solo le quedaba su madre y tenía que hacer lo que fuese por ella. Le daba igual trabajar más hora, siempre lo haría. Cuando terminó su turno, caminó bajo la lluvia hasta su pequeño apartamento donde vivía con su madre. Al abrir la puerta, escuchó voces procedentes del salón. —Mamá... ¿Tienes visita? —Estoy aquí, cariño. — Emily dejó el bolso en la entrada. Al entrar al salón se quedó inmóvil. Sentada en el sofá, con un impecable traje color marfil y un colgante de perlas, estaba una mujer de setenta años que irradiaba autoridad sin necesitar levantar la voz. Emily la reconoció al instante, fue amiga de su abuela, la mujer más conocida de Londres. —¿Señora Whitmore? — la mujer sonrió con dulzura. —Ha pasado mucho tiempo, Emily. — la joven se acercó para darle dos besos. —La última vez que te vi, eras una niña. —No esperaba verla. — se sentó al lado de su madre sin borrar la sonrisa —Yo tampoco esperaba venir por este motivo. — aquellas palabras, hicieron desaparecer la sonrisa de la joven. Su madre la tomó de la mano. El silencio que llenó el salón era extraño, Emily entendía nada. Beatrice suspiró hondo antes de hablar —Mi nieto ha sufrido un accidente. — Emily abrió sus ojos. —Lo siento muchísimo... —Los médicos dicen que estarán un tiempo sin caminar. —la joven sintió un nudo en su pecho. No conocía personalmente al nieto de Beatrice, pero si sabía lo mucho que aquella mujer lo quería. —¿Se pondrá bien? — Beatrice asintió lentamente. —Eso esperamos. Hubo un breve silencio, después de la expresión de la anciana cambió. Ya no hablaba con una abuela, hablaba como la cabeza de la familia Whitmore. —Emily, mi nieto es el dueño del bufete más importante de la ciudad. Mi familia está intentando quitarle todo. — la joven frunció el ceño, pero no entendía porque le estaba contando todo eso. —¿Y que puedo hacer yo? — Beatrice sostuvo su mirada. —Necesito que te cases con él. El mundo pareció detenerse, Emily creyó hacer oído mal. —¿Qué? —Sé que parece una locura, pero déjame explicarte. —¿Casarme... con su nieto? —repitió con la voz atascada. —Si. Emily miró a su madre, buscando una explicación. Laura tenía sus ojos lleno de preocupación, pero no parecía sorprendida. —Mamá... ¿Tú lo sabías? — ella asintió. —Beatrice vino está mañana. — Emily volvió a mirar a Beatrice. —Pero... yo ni siquiera lo conozco. — la anciana sonrió con tristeza. —Lo se... —Entonces... ¿Por qué yo? —Beatrice tomó sus manos con delicadeza. —Porque conozco el corazón con el que tu madre te ha criado, porque eres buena, honesta y fuerte. Y porque si dejó a mi nieto solo en estos momentos terminarán destruyéndolo. — Emily guardó silencio. Nunca imaginó que una conversación, pudiera cambiarle todo en segundos. —No quiero que sientas que te estoy comprando, no busco una esposa por conveniencia para mí apellido. Busco a alguien que cuide de él cuando más lo necesite... —Señora... —Emily, si no le ayudo le quitarán todo, con todo lo que mi nieto a luchado con esfuerzo y sudor. Todo lo que un día ni marido le dejó. —Emily mordió su labio. —Si se casa contigo, no podrán hacer nada, porque automáticamente tú serías la única heredera de todos sus bienes. —ella arrugó su ceño. —Es decir, si tú eres la esposa, será la que se quede con todo por ser su mujer. No busco eso, solo no quiero que esas ratas, se queden con todo. Emily bajó la cabeza, no conocía a Alexander Whitmore. Pero por alguna razón, sentía que el destino acababa de llamar a su puerta. Después de unos segundos en silencio, ella suspiró antes de hablar. —¿Él lo sabe? — preguntó. —Hablaré con él y estará de acuerdo. —¿Me lo puedo pensar? —Por supuesto, Cariño. — sonrió. —La llamaré cuando tenga una respuesta. — la anciana asintió con una sonrisa. Beatrice se levantó y se acercó a Laura y la dio dos besos, se acercó a Emily y la abrazó con mucha ternura. Cuando madre e hija se quedaron solas, Emily miró a su madre. Laura miraba a su hija esperando que la dijera algo, aunque solo había silencio. —Mamá, ¿Qué hago? — preguntó en susurró. —Quiero ayudarla, a él también. Pero un matrimonio es muy serio, no es una tontería. —Hija, sé que es una tontería. Beatrice jamás pide ayuda y si lo está haciendo es porque la necesita. — Emily soltó el aire por la boca. —Haz lo que tú corazón sienta, cariño. —Mamá, lo que más me asusta es que yo seré la heredera. —exclamó. —Yo no quiero el dinero de ellos. Bueno, sería una tonta por decir eso, pero madre... —Tranquila, respira. — la cogió de las manos. —Tú piénsalo y ya decides. — la joven asintió. —Además, no te querías con su dinero. Sólo es para que esa familia que quiere quitale todo, no puedan hacerlo, porque al estar casado, ellos no tienen nada... Sólo tú. —Madre mía. — flotó su rostro. —Necesito una ducha. Se levantó y fue hacia su dormitorio. Todo para ella, era un caos, todo había cambiado en cuestión de minutos. Jamás imaginó, que de noche a la mañana, iba a casarse y mucho menos con un Whitmore. Se fue al baño y se miró en el espejo, observándose en silencio. Dejando que su corazón decida si ayudarles o no hacerlo.






