Aquel silencio, Alex nunca imaginó que pudiera odiarlo tanto. Antes disfrutaba de él, era señal de que todo funcionaba como debía. Si despacho permanecía en calma, los clientes esperaban su decisión y el mundo seguía girando a su ritmo.Ahora...El silencio era un recordatorio constante de todo lo que había perdido. Observó por el enorme ventanal de su habitación, Londres seguía igual. La lluvia golpeaba los cristales, los coches circulaban. La gente caminaba reprisa, ajenas a qué su vida se había detenido hacia penas unas semanas. Apretó con fuerza los reposabrazos de la silla de ruedas, todavía se negaba acostumbrarse a ella. Cada vez que veía frente a él, sentía que alguien le recordaba que ya no era el mismo hombre.Unos golpes suaves sonaron en la puerta.—Adelante. Entró Beatrice, con una bandeja en sus manos, una taza de café humeante. —Buenos días, cariño. — Alex apenas, esbozó una sonrisa. —Buenos días, abuela. Beatrice dejó la bandeja sobre la mesa y se acercó a él.—¿
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