Mundo ficciónIniciar sesiónEmily apenas había dormido, cada vez que cerraba los ojos, las palabras de Beatrice volvían a su mente.
"Necesito que te cases con mi nieto." Nunca imaginó que alguien pudiera hacerle una propuesta semejante, durante dos días intentó convencerse de que aquello era una locura. Una completa locura. Pero, cuando más lo pensaba, más recordaba el rostro de Beatrice. No era una mujer que pudiera favores a la ligera, había visto el miedo en sus ojos. El miedo de una abuela que temía perder más que una empresa, temía perder a su nieto. Aquella mañana, mientras preparaba el desayuno junto a su madre, reinaba un silencio poco habitual. Laura fue la primera el romper el silencio. —¿Has tomado una decisión? — Emily dejó lentamente la taza sobre la mesa. —Si. — su madre levantó la vista. —Voy aceptar. — Laura permaneció inmóvil un segundo. —¿Estás completamente segura? — Emily respiró hondo. —No sé si es la decisión correcta... pero siento que debo hacerlo. — Laura tomó una de sus manos. —Solo prométeme una cosa. —¿Cuál? —Que nunca dejes de ser tú. — Emily sonrió con ternura. —Eso jamás. 💍💍💍💍💍 Una hora después, el taxi atravesó los portones de hierro de la mansión. Emily contempló el enorme jardín perfectamente cuidado. Las fuentes, las esculturas, las rosas, aquello parecía más un palacio que una casa. Pagó al conductor y descendió del vehículo, sintió un ligero nudo en el estómago, nunca había estado en un lugar así. La puerta principal se abrió antes, incluso que pudiera llamar. Un mayordomo elegante, la dedicó una pequeña inclinación de cabeza. —Buenos días, señorita Carter. — Emily sonrió con una sonrisa tímida. ¿Por qué me conoce? —Buenos días. —La señora Whitmore la está esperando. — Emily arrugó su ceño sorprendida. ¿Cómo sabía que venía? Mientras caminaban por el enorme recibidor, Emily no pudo evitar mirar a su alrededor. Todo desprendía elegancia, los cuadros, las escaleras de mármol, las lámparas de cristal... incluso el silencio parecía distinto. El mayordomo abrió una puerta doble. —La señorita Carter, señora. — Beatrice se levantó inmediatamente del sofá. —Emily. — la recibió en un cálido abrazo. —Me alegra mucho verte. —Gracias por recibirme. — Beatrice tomó sus manos entre las suyas. —¿Has pensado en la propuesta? — Emily bajó la mirada un segundo y después volvió a levantarla. —Si. — la anciana esperó. —Acepto. — los ojos de Beatrice brillaron de emoción. —Gracias. — la volvió abrazar. aquel "gracias" llevaba dentro el peso de una abuela que veía una pequeña esperanza para su nieto. —No sabes lo que esto significa, nos estás ayudando mucho, mi niña. — Emily sonrió. —Ven, quiero presentarte a alguien. Emily sintió que el corazón comenzará a latir con fuerza, sabía perfectamente de quién hablaba. Atravesaron un enorme pasillo que llegaba a un elegante despacho, la puerta estaba entreabierta y Beatrice llamó suavemente. —Alexander. — desde el interior, se escuchó una voz grave. —Adelante. — Emily respiró profundamente antes de entrar. La estancia era impresionante, grandes estanterías de madera oscura cubrían las paredes. Un enorme ventanal dejaba ver la luz del medio día. Junto al escritorio un hombre revisaba varios documentos apoyando la tableta en sus piernas, estaba sentado en una silla de ruedas, llevaba un pantalón de traje negro y camisa negra. El cabello castaño cuidadosamente peinado al estilo italiano, enmarcaba su rostro serio y masculino. Una barba de semanas perfectamente arreglada resaltaba aún más sus facciones. Al escuchar los pasos, levantó la vista, sus ojos grises se centraron en los de Emily. Durante unos segundos, ninguno dijo ni una sola palabra, Emily sintió que el tiempo se detenía. No esperaba ver a un hombre tan joven y tan atractivo. Pero lo que más le llamó la atención, fue la tristeza que escondía detrás de aquella mirada firme. Alexander también la observaba, no era como él había imaginado. Vestía con un vaquero claro y una sencilla camisa color negro, no llevaba joyas, ni maquillaje excesivo. Sólo una pequeña sonrisa que iluminaba todo su rostro. Era hermosa, de una forma sencilla y natural. Beatrice carraspeó ligeramente. —Alex... ella es Emily Carter. — Alex apartó la vista unos instantes para mirar a su abuela. Después volvió a fijarse en la joven y Emily dio un paso hacia delante —Mucho gusto, señor Whitmore. — le extendió su mano. Alex la observó durante unos segundos antes de entrecharla. Su mano era cálida, mucho más de lo que pensaba. —El gusto es mío, señorita Carter. — Emily sonrió con un poco más de confianza. —Espero no haber interrumpido su trabajo. —Para nada. — hubo un pequeño silencio. Emily miró la silla de ruedas con cierta inseguridad, parecía buscar las palabras adecuadas. Alex se dio cuenta enseguida y, contra todo pronóstico una leve sonrisa apareció en sus labios. —Puedes mirar sin problema. — Emily abrió mucho sus ojos. —¿Perdón? — él apoyó los brazos sobre los reposabrazos. —La silla, todos la miran. — Emily se sonrojó al instante. —Lo siento... No quería ser indiscreta. — Alex dejó escapar una leve sonrisa. —No se preocupe. — hizo una breve pausa antes de añadir con total naturalidad. —Ya me he acostumbrado, ahora soy mitad hombre y mitad coche. Durante un segundo reinó el silencio, después Emily no pudo evitar reír. Una sonrisa limpia y sincera. Beatrice llevó su mano al pecho mientras reía, hacía semanas que no escuchaba reír a su nieto y mucho menos provocar la risa a otra persona. Alexander negó ligeramente con la cabeza al verla reír, sin darse cuenta... que aquella era la sonrisa auténtica que alguien conseguía arrancarle desde el accidente. Beatrice observó a los jóvenes unos instantes, no hacía falta decir nada, las sonrisas que acababan de intercambiar... Valían más que mil palabras. Veía a su nieto tan feliz y agusto, que si corazón se lleno de felicidad.






