Amanda no durmió nada.
El mensaje de Jason ardía detrás de sus párpados cada vez que cerraba los ojos. No eran las palabras lo que la aterraba, sino la certeza que había detrás de ellas. Jason nunca fanfarroneaba. Calculaba. Esperaba. Y luego atacaba donde más dolía.
Se sentó al borde de la cama mientras el amanecer se filtraba en la habitación, la ciudad despertando bajo las ventanas del ático. El mundo seguía adelante como si nada hubiera cambiado.
Pero todo había cambiado.
Un golpe suave sonó en la puerta.
—Pasa —dijo en voz baja.
Luca entró, ya vestido, con esa expresión controlada que siempre la inquietaba. Llevaba una tableta en una mano y el teléfono en la otra—señales claras de que los problemas habían llegado antes del desayuno.
—Leíste su mensaje —dijo. No era una pregunta.
—Sí.
—Quiere que tengas miedo —continuó Luca—. Y que estés enfadada.
—Pues felicítalo —respondió Amanda—. Está funcionando.
Luca la observó durante un largo momento.
—El miedo vuelve imprudente a la gente