Amanda durmió mal esa noche.
No por las pesadillas —a esas ya estaba acostumbrada—, sino por el silencio.
El ático estaba demasiado tranquilo, demasiado controlado. Sin sirenas desde la calle, sin voces, sin mensajes repentinos iluminando su teléfono. Solo quietud, estirada como un alambre a punto de romperse.
Permaneció despierta en la habitación de invitados, mirando el techo, escuchando el leve murmullo de la ciudad muy abajo. Cada pocos minutos, era consciente de la presencia de Luca—no en la habitación, sino en todo el apartamento. Su confianza silenciosa. La forma en que las paredes parecían más gruesas, más seguras, solo porque él estaba allí.
Y eso la asustaba más que Jason.
Porque el peligro de Jason era evidente. Ruidoso. Cruel.
El de Luca era sutil.
Calculado.
Permanente.
Cuando por fin se quedó dormida, fue un sueño ligero y fugaz.
Amanda despertó por movimiento.
No por ruido—por movimiento.
Abrió los ojos de golpe, el corazón golpeándole el pecho. Por un segundo salvaje,