Amanda durmió mal esa noche.
No por las pesadillas —a esas ya estaba acostumbrada—, sino por el silencio.
El ático estaba demasiado tranquilo, demasiado controlado. Sin sirenas desde la calle, sin voces, sin mensajes repentinos iluminando su teléfono. Solo quietud, estirada como un alambre a punto de romperse.
Permaneció despierta en la habitación de invitados, mirando el techo, escuchando el leve murmullo de la ciudad muy abajo. Cada pocos minutos, era consciente de la presencia de Luca—no en