El pasillo del hospital estaba demasiado silencioso.
Amanda permanecía rígida en la silla de plástico frente al quirófano, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que le dolían. Cada segundo se sentía como un castigo. El zumbido de las máquinas detrás de las puertas cerradas se burlaba de su impotencia.
Luca estaba a unos pasos de distancia, hablando por teléfono en un tono bajo y controlado.
—No quiero errores —dijo—. Necesito líneas de tiempo, nombres, rastros de dinero. Si Jason respiró