La habitación estaba sumida en una calma reconfortante, iluminada por la suave luz que se filtraba por las cortinas entreabiertas. Me encontraba recostada en la cama, sosteniendo a mi precioso bebé, Thomas, cuyo cuerpecito cálido se aferraba al mío con una ternura indescriptible. Sus respiraciones suaves y regulares llenaban el espacio.
Observaba con amor el pequeño rostro de mi hijo, iluminado por la luz tenue, sus labios rosados formando una pequeña ventanita mientras se aferraba a mi pecho