Con su equipaje personal en brazos, Talia caminaba por el pasillo de la empresa, ensimismada.
A su alrededor, sus colegas le lanzaron distintas miradas, algunas despectivas, algunas desdeñosas, algunas burlonas, y otras incluso con ganas de aplaudir porque se sentían felices.
Sin embargo, nadie se compadeció.
Al bajar las escaleras, Lucía la rozó. Ella se quedó helada, recordando en trance que una semana antes de que se la llevara la policía, también había tomado esta escalera y se había encontr