—Vale, nada—Daniel contestó bruscamente—. Continúa.
Soledad sonrió: —No tengo nada más que decir. De todas formas, es sólo un dicho... bueno, también es un dicho que acabo de aprender: la gente no me ofende, yo no les ofendo.
—Y... ¿Qué pasa si un hombre me ofende?
—¡Deshacerle!
Daniel contempló su sonrisa con una sensación de iluminación.
Hasta una chica lo entendió, ¿y él tuvo que darle tantas vueltas?
Al crecer no recibió mucho amor de su familia, Hera lo veía como una espina clavada a pesar