Llegó solo, como le habían ordenado. Tenía dos maletines negros en las manos, y al bajarse, cerca del lugar que indicaba la dirección, vio un pequeño radio abandonado con una nota que decía: “Escucha lo que te diré y no intentes nada tonto”.
—Deja los maletines dentro del bote y retrocede veinte pasos —ordenó la desagradable voz de Alberto por medio del radio en cuanto se lo puso en el oído, era obvio que lo estaba observando de algún rincón—. Sin trucos, héroe.
Obedeció. Abrió la tapa, deposit