Llegó solo, como le habían ordenado. Tenía dos maletines negros en las manos, y al bajarse, cerca del lugar que indicaba la dirección, vio un pequeño radio abandonado con una nota que decía: “Escucha lo que te diré y no intentes nada tonto”.
—Deja los maletines dentro del bote y retrocede veinte pasos —ordenó la desagradable voz de Alberto por medio del radio en cuanto se lo puso en el oído, era obvio que lo estaba observando de algún rincón—. Sin trucos, héroe.
Obedeció. Abrió la tapa, depositó los maletines y retrocedió lentamente, con las manos en alto.
—¿Y mi mujer? ¿Mi hija? —gritó, cumplida la tarea dada por ese demente—. ¡Ya traje el dinero, maldita sea! ¡Damelas!
—Pobrecito —se rio a través del aparato—. ¿De verdad creíste que esto terminaba aquí?
«No, obviamente que no», pensó. Ya sabía que saldría con sus trucos de rata inmunda.
—Ahora son cincuenta millones, Eros. Cincuenta. En efectivo —siguió diciendo con triunfo, seguramente saboreando la idea de gastarse todo ese dine