Eros tenía quince años cuando una mañana de viernes escuchó gritos provenientes del despacho de su padre. Los gritos se apoderaron de toda la casa. No era un asunto sorprendente. Siempre discutía con su madre, aunque en esta ocasión las cosas parecían ser verdaderamente fuertes.
—De todos los hombres que pudiste encontrar para serme infiel fuiste a meterte con Mauricio —soltó su padre con un dolor en la voz que no le había escuchado jamás.
—¡Sí, y ya está! ¡Paso! ¡No puedo revertirlo!
—¿Cuántas