Casi por inercia, o como una forma de protegerse del magnetismo que desprendía ese hombre, soltó el plato y se lo entregó, tratando de hacerse a un lado.
—¿Cómo te sientes? —su voz suave fue como una caricia para su oído.
—Estoy bien.
—¿Qué tal tus pies? ¿Necesitan un masaje?
—Yo no…
—Soy el papá de la bebé que esperas, creo que es lo mínimo que puedo hacer por ti.
—Sí, pero no quiero que…
—Deja el orgullo a un lado, Rubí.
¿El orgullo?
Lo que la alejaba de él era más que un asunto de orgullo.
—