—¡Nunca! —gimió tratando de quitarse aquellos dedos de su barbilla.
Pero su resistencia solamente hizo que el hombre apretara más fuerte.
—Muy tarde para decir eso —sonrió de una manera perversa—. Sellaste nuestro pacto en el altar y lo ratificaste ayer cuando dijiste que me amabas.
—¡No! —se retorció en su agarre—. Eso fue antes de conocer tu verdadera cara.
—¿Y qué tiene mi cara? —su voz se endureció.
—¡Qué no me gusta! ¡No me gustas tú!
—¿Por qué exactamente, eh? —preguntó con rabia—.