Cuando los indeseados invitados finalmente desaparecieron, Eros se acercó a Rubí y le examinó el rostro con cuidado. Lastimosamente, se encontró con que una marca de dedos manchaba su pálida piel. Apretó los dientes, mientras maldecía en voz baja.
—No es nada —le aseguró la mujer sosteniendo su mano y dedicándole una suave mirada que buscaba tranquilizarlo.
—¿No es nada? —él no pareció estar de acuerdo con eso—. ¡Mira lo que te hizo ese infeliz!
Rubí suspiró sin decir nada. Había recibido trato