A veces la verdad no llega como un grito. Llega como un susurro a las tres de la madrugada. Y esa noche, el susurro fue una llamada de un teléfono que ni siquiera sabía que tenía, estaba oculto en mi abrigo, pero como llego alli era lo que menos me preocupaba.
El número en la pantalla era oculto. No decía nada, no prometía nada. Pero yo ya no era una mujer que temía lo incierto. Yo era una mujer que preguntaba.
—¿Hola?
Silencio.
Luego, una voz masculina. Baja. Elegante. Casi seductora en su ton