Ignorar advertencias nunca fue una de mis virtudes.
Y ahora menos, cuando sabía que el hombre con el que dormía bajo el mismo techo ocultaba más verdades de las que podía contar. Me movía por la mansión como un fantasma. Silenciosa, atenta. Anotando detalles. Escuchando. Aprendiendo.
Cada vez que Dante se iba —que era casi a diario—, aprovechaba para explorar. Ya no me detenían las miradas de Verona ni los silencios de Mateo. Me habían advertido. Me lo habían dicho claro.
Pero lo prohibido… me