No fue inmediato.
De hecho, durante las primeras horas después de la intervención, nada parecía haber cambiado de forma significativa. El grupo en el que Zoe había intervenido continuó su conversación con una fluidez que, desde fuera, seguía pareciendo natural. No hubo ruptura, no hubo resistencia visible, y eso, en otro momento, habría sido interpretado como una señal de éxito.
Pero ahora ya no leíamos las cosas de esa manera.
Porque lo que importaba no era la superficie.
Era la deriva.
—No mi