Esa noche, cuando Zoe y yo salimos del campus, tuve la sensación extraña de estar atravesando una frontera invisible que pocas veces cruzábamos conscientemente. No porque el campus fuera una especie de mundo cerrado, sino porque durante los últimos años nuestras vidas habían terminado organizándose alrededor de él con una naturalidad casi inevitable. El trabajo, las discusiones, los encuentros con Paolo y Verona, incluso muchos de nuestros momentos personales habían ocurrido dentro de ese perím