El amanecer llegó sin luz real en el núcleo. No hubo un rayo dorado atravesando los ventanales ni un cambio dramático en la atmósfera subterránea; solo una variación sutil en la tonalidad del vidrio, un gris menos profundo que anunciaba que la ciudad, allá arriba, había cruzado otra frontera horaria. El mundo exterior avanzaba por inercia biológica y social: despertadores, café, tráfico, agendas. Allí abajo, en cambio, el tiempo no respondía al sol ni al cansancio. Se medía en ciclos de procesa