La calma duró exactamente tres días, sin alarma visible ni decisiones abruptas que anunciaran un cambio, y sin embargo algo comenzó a modificarse en la forma en que Ivy hablaba. Fue un desplazamiento sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera de cerca; sus informes continuaban siendo precisos, sus intervenciones limpias, su mirada estable, pero en la cadencia de su voz se insinuaba una variación mínima, una fracción de segundo distinta entre una idea y la siguiente, como si m