La noche no tenía nada extraordinario.
No había crisis abierta, ni decisiones urgentes esperando respuesta. Ivy ya había aceptado la propuesta. Paolo estaba en silencio estratégico, observando como siempre lo hacía cuando el tablero parecía estabilizarse demasiado rápido. El grupo, en apariencia, estaba estable.
Y, sin embargo, la quietud tenía peso.
No era una calma ligera. Era una suspensión densa, como si el sistema entero estuviera respirando más despacio pero con mayor profundidad. Cuando