El aire estaba cargado de tensión antes incluso de que llegáramos al edificio. Cada paso resonaba en la acera vacía, y yo podía sentir la ciudad respirando con nosotros. Las luces parecían más duras, los reflejos en los ventanales amplificaban nuestra presencia, y el viento traía consigo un murmullo de anticipación que no necesitaba palabras para ser comprendido. Dante caminaba a mi lado, concentrado, intenso, como si su sola existencia pudiera alterar el curso de la noche. No estaba gritando,