No recuerdo el primer día en que me enseñaron a hablar de esa manera, porque no hubo un inicio claro ni una frontera visible. No existió una clase inaugural donde alguien se parara frente a mí y dijera: a partir de ahora, estas palabras significarán otra cosa. Fue más bien un proceso lento, casi amable, como aprender un acento nuevo después de vivir demasiado tiempo en otro país. Al principio te suena extraño, luego lo imitas por cortesía, y cuando te das cuenta ya estás pensando en ese idioma