Hubo un momento en que dejé de poder fingir que todo ocurría solo dentro de mí. Hasta entonces, el conflicto había sido íntimo, casi elegante en su discreción: una incomodidad, una duda, una frase que ya no terminaba de encajar en la boca. Pero el lenguaje no se limita a organizar pensamientos; también ordena consecuencias. Y cuando empecé a usarlo mal —no de forma abierta, no con desafío explícito, sino con pequeñas desviaciones— el entorno respondió.
No fue inmediato. El sistema nunca es torp