A veces, el orden se extraña cuando deja de existir.
No hablo del orden verdadero, ni de aquel que surge de la libertad o de la propia voluntad. Hablo de aquel que se impone desde fuera, rígido, inapelable, con una lógica de hierro que no admite discusión. Aquel que marca límites precisos, dicta tiempos exactos, recompensa la obediencia y castiga cualquier desviación, por mínima que sea. Siempre lo odié. Siempre lo combatí, lo cuestioné, lo resentí hasta en los gestos más pequeños. Y aun así, a