ZOE
No esperaba encontrarme con esto. La orden llegó sin advertencias, como un mensaje cifrado que no se puede ignorar, y me encontró frente a un monitor viejo, cubierto de polvo digital, con una grabación borrosa que parecía moverse más por convicción propia que por control humano. La señal estaba fragmentada, como si alguien hubiera querido que solo se percibieran sombras, siluetas, ecos de movimiento, pero incluso así no pude confundir lo que vi. Una mujer aparecía allí. Una mujer que era yo y, al mismo tiempo, no lo era. Cada gesto, cada línea de la mandíbula, cada forma de la espalda coincidía con lo que conocía de mí, y aun así había algo distinto, algo mecánico, calculado en la manera en que se movía, como si estuviera ensayando cada respiración, cada reacción.
—Zoe —dijo Verona desde detrás de mí, su voz baja, con una mezcla de precaución y asombro—. ¿Estás segura de que quieres verla?
No respondí de inmediato. Mi mirada estaba fija en la pantalla, siguiendo la curva de su cue