ZOE
Sentí su presencia antes de ver cualquier señal, antes de que las calles mojadas de Roma me dieran un indicio de vigilancia. Es imposible ignorar a Dante cuando te persigue de esta manera; no hay sigilo en él, solo certeza. La certeza de quien ama y teme al mismo tiempo, de quien ha aprendido que perderme es más doloroso que cualquier amenaza que pueda enfrentar. Me estremecí y caminé más rápido, pero no por miedo a él, sino por la curiosidad contenida de ver hasta dónde se atrevería a seguirme sin permiso, hasta dónde me permitiría avanzar antes de interponerse. Es un amor que corta, que quema sin consumirse, que amenaza con romper cualquier límite que creí haber construido para sobrevivir. Y yo, por primera vez, ya no estaba segura de si quería que lo cruzara.
Las calles estaban desiertas, salvo por los reflejos de neón sobre el pavimento mojado y el eco de mis propios pasos, una cadencia que parecía medir mi corazón. Cada tanto levantaba la vista, calculando, escuchando, sintie