El amanecer no se anunció con luces cálidas ni con promesas de un nuevo día. Solo había sombras alargadas, reflejos fríos sobre el mármol y el silencio absoluto de una mansión que había dejado de pertenecerme. Caminé por los pasillos con pasos que no hacían eco, como si mis pies supieran que el mundo no debía percibirme. No había prisa, ni miedo, ni impulso. Solo existía el acto mismo de irme.
No miré atrás. No hubo llanto, ni súplicas, ni miradas cargadas de reproche. Nada de lo que Dante, Ivy o Verona podrían haber dicho habría cambiado la decisión que ya había tomado. La separación no necesitaba dramatismo; no necesitaba gestos ni explicaciones. Solo necesitaba mi presencia desplazándose como una sombra, silenciosa y determinada, alejándose de un lugar que había sido tanto santuario como jaula.
Pasé junto a las habitaciones que alguna vez contuvieron risas robadas, secretos susurrados y promesas que ahora me parecían ecos de otra vida. Cada puerta cerrada era un recordatorio de lo