El amanecer no se anunció con luces cálidas ni con promesas de un nuevo día. Solo había sombras alargadas, reflejos fríos sobre el mármol y el silencio absoluto de una mansión que había dejado de pertenecerme. Caminé por los pasillos con pasos que no hacían eco, como si mis pies supieran que el mundo no debía percibirme. No había prisa, ni miedo, ni impulso. Solo existía el acto mismo de irme.
No miré atrás. No hubo llanto, ni súplicas, ni miradas cargadas de reproche. Nada de lo que Dante, Ivy