El helicóptero se alejaba de la ciudad como un ave herida, y cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos con una claridad insoportable. Sentía las manos de Dante temblar alrededor de mi cintura, firmes pero vulnerables, como si su fuerza estuviera colgando de un hilo invisible que él mismo sostenía con desesperación. Había algo en su mirada que me congelaba y me quemaba al mismo tiempo: un miedo primitivo, un pánico que no admitía palabras, solo gestos crudos, urgentes, desesperados.
—No me