El silencio se había instalado entre nosotros después del beso, pesado, casi tangible, como si el aire hubiera decidido tomar forma y nos rodeara con su presión. Dante seguía junto a mí, su mano rozando la mía, pero de alguna manera sentía que el mundo interior que me había sostenido hasta ahora empezaba a resquebrajarse. Un recuerdo, una sombra que llevaba enterrada demasiado tiempo, surgió sin avisar, irrumpiendo en mi conciencia como un grito que nadie había escuchado antes.
Fue un fragmento