El aire era pesado, casi sólido, como si cada respiración que tomara se pegara a mis pulmones con un peso de hierro fundido. Sentía el latido constante de mi corazón como un tambor distante, pero insistente, recordándome que aún estaba viva, aunque la sensación de desvanecimiento se colara en cada rincón de mi conciencia.
Ivy estaba allí. Siempre había estado allí, aunque nunca como ahora. La vi inclinarse sobre mí con una mezcla de urgencia y calma, una contradicción que solo ella podía encarnar. Sus ojos, esos ojos que Dante había amado y que ahora parecían buscarme a mí, estaban inundados de una intensidad silenciosa, dolorosa, y en algún lugar detrás de todo eso, un sacrificio que no alcanzaba a comprender.
—No puedes… —murmuré, la voz apenas un hilo—. No puedes hacer esto por mí.
Ivy no respondió de inmediato. Su mano se posó sobre mi frente, tibia, y sentí cómo un calor extraño empezaba a filtrarse en mi cuerpo, como si la propia memoria de alguien pudiera ser líquida y trasvasa