El ataque no llegó con explosiones ni con hombres armados atravesando la puerta.
Llegó en silencio.
Eso fue lo primero que me inquietó. El implante no vibró con urgencia, no lanzó alertas rojas ni patrones de defensa. Al contrario: se aquietó, como si algo lo hubiera calmado desde dentro. Como si alguien hubiera pronunciado una contraseña que yo no recordaba haber enseñado.
Estaba frente a los mapas cuando ocurrió. Las proyecciones seguían activas, las rutas de evacuación aún parpadeaban, los n