El ataque no llegó con explosiones ni con hombres armados atravesando la puerta.
Llegó en silencio.
Eso fue lo primero que me inquietó. El implante no vibró con urgencia, no lanzó alertas rojas ni patrones de defensa. Al contrario: se aquietó, como si algo lo hubiera calmado desde dentro. Como si alguien hubiera pronunciado una contraseña que yo no recordaba haber enseñado.
Estaba frente a los mapas cuando ocurrió. Las proyecciones seguían activas, las rutas de evacuación aún parpadeaban, los nombres se reorganizaban según mis últimas órdenes. Todo parecía estable. Demasiado.
Sentí el primer fallo como una grieta mínima, casi imperceptible.
Un nombre se me escapó.
No uno importante. No alguien cercano. Solo un operador secundario del ala este. Sabía que debía recordarlo. Sabía que hacía segundos lo había leído. Pero al intentar repetirlo, mi mente devolvió un espacio en blanco, limpio, pulido, como si nunca hubiera existido.
Fruncí el ceño. Respiré hondo. Forcé la recuperación.
Nada.