ZOE
El aire en la mansión estaba denso, casi sólido. Cada sombra se estiraba hacia mí como dedos que querían tocar la nueva versión de mí misma, esa que ya no era enteramente Zoe. Cada crujido del piso resonaba en mis oídos, mezclándose con los latidos acelerados de mi corazón. Sentía la presencia de Dante incluso antes de que hablara, un peso silencioso que me hacía recordar todo lo que había perdido, todo lo que había sobrevivido y todo lo que aún temía enfrentar.
—Zoe… —dijo finalmente, su voz baja, cargada de un miedo que no necesitaba palabras—. Necesito saber que sigues siendo tú. Que lo que pasó… no te ha roto por completo.
El golpe emocional fue instantáneo. No un reproche, no un juicio; un miedo desnudo que me atravesó la espina dorsal. Sus ojos, llenos de esa intensidad que siempre me había desarmado, buscaban una respuesta que no sabía si podía darle.
—Estoy aquí —respondí, tratando de sostener mi voz firme—. Soy yo.
Pero mientras hablaba, sentía cómo algo dentro de mí temb