ZOE
El sonido de pasos silenciosos me sacó de mi ensimismamiento. No eran los de Dante, ni los de Ivy. Tampoco los ecos metálicos que me habían perseguido durante los últimos días. Estos pasos eran distintos: deliberados, medidos, como los de alguien que conoce cada sombra, cada línea de luz, cada centímetro de la mansión.
Volteé lentamente y la vi.
Verona.
No era la misma mujer que había conocido. Su presencia no era amenazante ni cálida; era imposible de definir, como un precipicio: algo que