ZOE
El sonido de pasos silenciosos me sacó de mi ensimismamiento. No eran los de Dante, ni los de Ivy. Tampoco los ecos metálicos que me habían perseguido durante los últimos días. Estos pasos eran distintos: deliberados, medidos, como los de alguien que conoce cada sombra, cada línea de luz, cada centímetro de la mansión.
Volteé lentamente y la vi.
Verona.
No era la misma mujer que había conocido. Su presencia no era amenazante ni cálida; era imposible de definir, como un precipicio: algo que podía arrastrarte dentro si te acercabas demasiado, y al mismo tiempo, algo que no podías ignorar.
—No… puede ser —susurré, incapaz de articular más.
Ella me miró con ojos que no revelaban sorpresa, solo un reconocimiento frío y calculador. La línea de su mandíbula estaba más marcada, su mirada más profunda. Algo había cambiado en ella. Algo que no necesitaba palabras para decir.
—Zoe… Aeliana —dijo finalmente, con voz baja, medida—. Ethan no me tocó… físicamente.
El aire pareció volverse más de