ZOE
El silencio en la sala era denso, casi tangible. Verona me observaba mientras me sentaba frente al proyector de memoria, un halo de luz artificial iluminando solo mi rostro. Sentía que cada fibra de mi cuerpo estaba alerta, cada neurona preparada para recibir lo que ella llamaba “claridad inducida”.
—Prepárate —dijo Verona, con la voz baja, controlada—. Lo que vas a ver puede cambiar tu percepción de ti misma.
Asentí, aunque no necesitaba palabras. Mi implante latía en sincronía con mi puls