ZOE
El silencio en la sala era denso, casi tangible. Verona me observaba mientras me sentaba frente al proyector de memoria, un halo de luz artificial iluminando solo mi rostro. Sentía que cada fibra de mi cuerpo estaba alerta, cada neurona preparada para recibir lo que ella llamaba “claridad inducida”.
—Prepárate —dijo Verona, con la voz baja, controlada—. Lo que vas a ver puede cambiar tu percepción de ti misma.
Asentí, aunque no necesitaba palabras. Mi implante latía en sincronía con mi pulso, como si sintiera la tensión, como si supiera que esto no sería solo información: sería una reconstrucción, un reordenamiento de mi propia mente.
La primera imagen apareció. No era un recuerdo completo, sino un patrón emocional, un flujo de sensaciones codificadas. Colores que no eran colores, sonidos que no eran sonidos, emociones que no tenían nombre. Sentí un vértigo interno, como si mi identidad comenzara a disolverse en tiempo real.
—¿Qué… qué es esto? —pregunté, aunque mi voz sonaba dist