ZOE
La noche cayó como un velo pesado sobre la mansión, pero yo no podía dormir. Cada músculo de mi cuerpo estaba agotado, cada fibra de mi mente tensa, y aun así, cuando finalmente cerré los ojos, algo más profundo me arrastró hacia un sueño que no reconocía como mío.
Todo comenzó en penumbra. La habitación que me rodeaba no era la mía. No era la de Dante, ni siquiera la de Ivy. Era un espacio indefinido, con paredes que parecían fluir, líquido y sólido a la vez, y un frío húmedo que se infiltraba en mis huesos. Podía sentir mi pulso acelerado, cada latido sincronizado con un eco extraño que parecía provenir del suelo, de las paredes, de algún lugar bajo mi conciencia.
Una figura apareció entre la niebla. Un niño. No tenía más de seis o siete años. Cabello oscuro, liso, ojos que me miraban con una intensidad que me heló la sangre. Su rostro era familiar y extraño al mismo tiempo, como un recuerdo que nunca había existido.
—Zoe… —dijo, con una voz que vibraba en mis entrañas—. No debe