DANTE
El aire en la mansión estaba cargado, pesado, casi sólido. Cada sombra parecía moverse con intención propia. Los pasillos vacíos resonaban con mis pasos, cada eco era un recordatorio cruel de que Zoe no estaba allí. No podía encontrarla, no podía alcanzarla. Y sin embargo, mi instinto me obligaba a seguir buscando. Cada puerta cerrada, cada corredor silencioso, cada sala abandonada se sentía como un desafío personal que yo debía superar.
Y entonces apareció.
Ivy. No había anuncio, no había alarma. Simplemente estaba allí, en medio del hall principal, con esa calma provocadora que siempre había tenido. Su presencia era un corte limpio en la opacidad de la mansión, y lo sabía. La mirada que me lanzó fue más afilada que cualquier arma, más calculada que cualquier plan que yo hubiera trazado.
—Dante —dijo, sin sorpresa, como si ya hubiera esperado que llegara—. Te estaba esperando.
No respondí. No de inmediato. Cada fibra de mi cuerpo se tensó. No podía permitirme distracciones, no