ZOE
El laboratorio móvil estaba en silencio, salvo por el zumbido constante de los sistemas que mantenían las cápsulas y monitores activos. Me senté frente a la proyección del archivo, con las manos temblorosas, la respiración contenida. Sabía que cada segundo me acercaba a algo que no podría deshacer. Pero necesitaba verlo. Necesitaba entender lo que había sido desde el primer momento.
Activé la segunda capa del archivo. Una luz fría llenó la sala, proyectando imágenes y sonidos que no pertenecían a ningún recuerdo mío, pero que mi mente reconocía con una claridad visceral.
Al principio, fueron fragmentos: manos que sostenían instrumentos, murmullos de voces desconocidas, rostros cubiertos por mascarillas. Mi corazón latía con un ritmo que sentía en cada fibra de mi cuerpo, una mezcla de anticipación y terror.
Y entonces lo vi.
No era solo un recuerdo. Era una proyección directa de mi nacimiento.
Mi madre no estaba sola. No estaba en un hospital común, ni en un entorno natural. Estab