TWENTY SEVEN

MAYO

Instintivamente, retiré las sábanas de la cama para cubrirme la cara cuando los fuertes rayos del sol la alcanzaron. La facilidad con la que se movían me indicó que algo andaba mal. Las aparté y miré a mi lado. Edmond se había ido. Me giré hacia el otro lado y busqué con la mirada en el cajón que estaba allí. Mi teléfono no estaba. Mis recuerdos aún eran borrosos. Un potente resplandor del sexo. Pero recordaba haberlo dejado en el escritorio de Edmond. A regañadientes, me bajé de la cama y
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