MAYO
La puerta principal se cerró con un clic, anunciando el fin de la bulliciosa fiesta de inauguración. Edmond y yo nos sumergimos en el sereno abrazo de nuestra casa; su tranquilidad contrastaba marcadamente con la animada celebración de la que acabábamos de fugarnos. El aire carecía de los tenues ecos de risas, música y tintineo de copas. Edmond tenía razón. Sobrevivir a eso y a la breve conversación era un superpoder en sí mismo.
El cansancio me hormigueaba en los huesos mientras seguía a