El aire me arde en los pulmones cuando cuelgo. El celular sigue vibrando en mi mano, como si la voz de ese hombre se hubiera quedado atrapada entre los circuitos, enredada en mis huesos. No logro desprenderme de ella. El auto está en un silencio absoluto, pero dentro de mí el ruido es ensordecedor.
Mis ojos recorren el parabrisas, los espejos, la calle vacía frente a la mansión de los Duvalier. Nada. Y, sin embargo, cada sombra parece un testigo, cada rincón un escondite donde él podría estar o