289. Una herida más para curar
Juliana
Estaba acostada boca abajo en la cama, con la barbilla apoyada en las manos, mirando fijamente la ventana de la habitación como si fuera mi gran aliada esa noche.
Mi madre me había encerrado en mi cuarto... no oficialmente, claro. Solo me había mandado subir con una mirada fulminante, diciéndome que necesitaba "pensar en las consecuencias de mis actos". Y, como siempre, creía que la obedecería.
Mal sabía ella con quién estaba tratando.
Esperé. Fingí leer un libro. Jugué con el celular.