La penumbra de la habitación se sentía cargada con los restos de nuestra devastación compartida. Charlotte, agotada tras la tormenta de cuerpos y voluntades, se había sumido en un sueño profundo, acurrucada entre nosotros como un náufrago que finalmente encuentra tierra firme, aunque la tierra sea una isla desierta y hostil.
Yo permanecía ahí, sin intención alguna de separarme. Sentía su calor, su respiración rítmica contra mi costado, y una parte de mí, la parte que la amaba más allá de la lóg