La atmósfera en el ático se había vuelto irrespirable, cargada de una testosterona agresiva y una desesperación que se palpaba en el aire. La tensión entre Parker y James ya no buscaba una resolución verbal; buscaban la posesión absoluta de mi cuerpo, mi mente y mi alma, utilizando la única moneda que reconocían como válida en este juego retorcido: el deseo físico.
Parker, con esa calma clínica que me aterraba, me tomó de la mano y me guio hacia la habitación principal. James, lejos de quedarse